Necesito tener pareja: La dependencia emocional

Que el hombre es un animal social ya lo decía Aristóteles en su obra “La Política”, donde añadía que no puede vivir aislado y sin contacto social. El individuo es un ser único, pero lo es porque se diferencia de los demás, porque vive y se desarrolla en una sociedad que es la que le da su identidad, le completa y le reconoce a la vez.

Pero el ideal o lo sano es llegar a la edad adulta como individuo independiente, autónomo y con la capacidad de desenvolverse y afrontar la vida con recursos propios.

Nacemos como seres completamente desvalidos y dependientes y, a través del cuidado, del contacto, el modelado, el aprendizaje, el «ensayo y error», vamos creciendo, adquiriendo habilidades propias que nos permiten ganar en autonomía y suficiencia en nuestro entorno. Sin duda, la infancia y adolescencia servirán como escenarios para poner en práctica nuestras capacidades, ajustar nuestras conductas y, en definitiva, conformar nuestra identidad como personas.

Así pues, se ha de suponer que en la edad adulta seremos individuos independientes, con capacidad para tomar nuestras propias decisiones, con libertad y sin que nos afecte la influencia externa. Y decimos que se «ha de suponer» porque la realidad es muy distinta y ya bien entrada la adultez existen muchas personas que lejos de desenvolverse con autonomía, muestran una clara, y a veces limitante, dependencia hacia los demás.

No obstante, en este punto es importante matizar, tal como señala Anna García Badill, que depender de los otros en la adultez no es algo malo, la dependencia emocional en sí no es una patología y es algo normal en los seres humanos, pero siempre que hablemos de una dependencia sana.

El problema, o la llamada de atención, lo tendremos cuando la necesidad de tener una relación de pareja se vuelve algo imperativo, algo obligado y urgente, por lo que estas personas, si finalizan una (al margen de quién de los dos decida la ruptura), inmediatamente buscarán iniciar otra y así, restaurar el estado que, para ellos, es el normal. En estos casos no estamos hablando de patologías ni de trastornos de la personalidad, pero sí es cierto que, bajo esa necesidad a tener una pareja, puede existir algún tipo de trauma o carencia, normalmente originada durante la infancia, que, en un intento de compensarse, se traduce en una dependencia emocional en la edad adulta.

Desde los componentes afectivos y conductuales definiríamos la Dependencia Emocional como un “patrón persistente de necesidades emocionales insatisfechas que se intentan cubrir desadaptativamente con otras personas”. Jorge Castelló (2010).

El encadenar una relación tras otra, de mayor o menor duración y de mejor o peor calidad afectiva, sólo importando el hecho de tener pareja y llegando a sentir inquietud, inseguridad e incluso malestar durante el periodo intermedio en el que se encuentra sólo, es un comportamiento cada vez más habitual en una sociedad en la que se nos impone cómo ser, cómo pensar y casi establece cómo debe ser nuestra vida, qué se supone que debemos hacer y qué se espera de nosotros para, teóricamente, encajar perfectamente.

Pero más allá del «qué dirán», se ha de tener claro que la dependencia siempre tiene que ver con evitar alguna emoción negativa (Mansukhani 2016), lo que en este caso podría ser motivado por una baja autoestima, inseguridad o temor a estar solo y el sentimiento de indefensión que conlleva. En este sentido, realmente lo que generará la dependencia es la evitación de esa emoción negativa, por lo que aquello de lo que somos dependientes, en este caso, el tener pareja, generará la recreación de un estado interno calmante o regulador, evitando, al menos temporalmente, el estado negativo. De esta forma, la conducta de buscar siempre una relación de pareja (dependencia) regulará y compensará la angustia de sentirse solo y, con ello, no querido (emoción interna negativa a evitar).

La dependencia emocional se estudia desde diferentes enfoques, siendo los más destacados los realizados desde la Teoría del Apego y los que la asocian a la sobreprotección de los padres, sin importar la cultura.

El enfoque del proteccionismo dice que el autoritarismo parental se vincula con la generación de dependencias en los niños, adolescentes y adultos. Si en las relaciones parentales no se promueven situaciones en las que ofrecer y desarrollar en el niño comportamientos independientes y autónomos, sobreprotegiendo y evitando todo acto de construcción de su ser por sí mismo, limitando aquellas oportunidades de comprobar por sí solo sus capacidades y haciéndole creer que no puede, no sabe o no debe (en especial en la adolescencia), el individuo tendrá una alta probabilidad de engendrar una dependencia emocional hacia los demás. Es decir, se estará impidiendo que el niño se desarrolle autónomamente y aprenda por «ensayo y error» durante este período crítico (Bornstein, 1992; Schore, 1994; Castello, 2000; Goleman, 2006; Bornstein, 2011).

Por otro lado, desde la Teoría del Apego se explica que todas las capacidades emocionales que se ponen en juego en las relaciones interpersonales afectivas, especialmente en las relaciones de pareja, se desarrollan y aprenden, no nacemos con ellas, y su adquisición se produce a través de las relaciones con nuestros referentes de cuidado, durante la construcción del vínculo con estas figuras de apego.

Según John Bowlby, sin estas capacidades emocionales, la posibilidad de establecer relaciones afectivas sanas, equilibradas y satisfactorias puede verse seriamente mermada. Asimismo, y como consecuencia, en función de cómo se haya creado el vínculo afectivo, así será el tipo de estilo de apego que desarrollará el niño en su infancia que posteriormente evolucionará al estilo de apego adulto, que se pondrá en juego en las relaciones de pareja.

Las relaciones de pareja, como relaciones de apego, son relaciones en las que se activan los modelos de apego adquiridos y forjados en la infancia. Así pues, la continuidad entre el apego infantil y el apego en las relaciones de pareja vendría del deseo de mantener la proximidad física con la pareja, para lograr evitar el sentimiento negativo, lograr el confort propio y tener la seguridad necesaria (provista por tener a esa persona a su lado) en los momentos de estrés. Cabe matizar que los criterios para que una relación se considere de apego son lazos de larga duración, caracterizados por el deseo intenso de mantener la cercanía de un compañero que no se ve intercambiable por ningún otro. (Olga Barroso Braojos, Revista Digital de Medicina Psicosomática y Psicoterapia).

No obstante, teniendo en cuenta todo lo arriba expuesto, hemos de subrayar que no todo está perdido y que no podemos escudarnos en la recurrente idea de que “yo soy así”, pues tal como afirma José Luis Gonzalo Marrodán, “es posible influir en los esquemas de apego de un modo que éstos puedan sanar, bien modificándolos en su naturaleza, bien generando nuevos esquemas alternativos en una suerte de resiliencia secundaria”. En este punto, nos uniríamos a la idea que tanto Gonzalo Marrodán como el propio Cozolino promueven: el apego es plástico.

En definitiva, y afortunadamente, la psicoterapia se revela como una experiencia capaz de influir en los esquemas de apego alterados, tanto en los niños como en los adultos, logrando promover esa plasticidad para readaptar los vínculos afectivos, lo que en definitiva redundará directamente en la autoestima, seguridad y capacidad de ser más autónomo y autosuficiente en nuestra sociedad (Louis Cozolino. Neuroscience of psychotherapy. Healing de social brain.).

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