Comer emocional: Cuando nos comemos nuestras emociones

Las emociones siempre influyen en nuestra vida, eso es evidente. Pero, ¿habías pensado hasta qué punto también influyen en nuestro apetito? A continuación te explicamos las características del «comer emocional».

Comer emocional: Definición

Cuando comemos para aliviar algún sentimiento que nos causa malestar hablamos de «comer emocional». Es decir, no comemos como necesidad fisiológica. No se trata de un hambre real sino que está asociada a las emociones. Además, las emociones también nos hacen en alguna ocasión perder el apetito.

Probablemente tendrás algún amigo que haya sufrido un cambio de peso por problemas de ansiedad o por estar pasando por una depresión. Puede que haya engordado unos pocos kilos o por el contrario los haya perdido.

Hay muchos trastornos y enfermedades asociados a los cambios en el apetito. Sin embargo, esto no implica que haya un trastorno por tener más o menos hambre. Esto también sucede cuando se produce la muerte de un ser querido, una ruptura sentimental o una mudanza. Y en periodos de estrés laboral o exámenes también aparece el comer emocional.

Hasta ahora hemos hablado de trastornos y acontecimientos o cambios negativos. Estos cambios en nuestras ganas de comer también pueden darse en circunstancias positivas o agradables, como puede ser el periodo vacacional, conocer a una nueva pareja o un ascenso en el trabajo.

Todo va asociado a lo que sentimos y cómo lo gestionamos. Y cada uno tiene su proceso. La misma situación no produce los mismos cambios y emociones en todas las personas. Después de una ruptura amorosa, igual puedes comer sin límites que no probar bocado, por ejemplo. Además, puedes sentirte hundido y triste o muy aliviado y seguro.

¿Qué emociones nos hacen comer emocionalmente?

  • Estrés. Comemos muy rápido y masticamos con fuerza sin pararnos a saborear. Intentamos de esta manera liberar tensión.
  • Miedo. Buscamos la comida como refugio.
  • Culpa. Suelen ser atracones hasta que nos comienza a doler el estómago por la cantidad ingerida. Aunque lo parezca apenas se disfruta de la comida. Nos castigamos con el malestar producido por el atracón y engordamos.
  • Tristeza. La comida libera ciertas hormonas que nos hacen sentir bien. Cuando comemos por tristeza se suele abusar de las cosas dulces, los carbohidratos y la “comida basura”. Aquí no son tanto atracones sino más bien un comer constante, cada poco tiempo.
  • Sensación de vacío o necesidad de afecto. Tratamos de llenar esas carencias con la comida. Tenemos la necesidad de sentir placer y saciedad.

¿Qué soluciones hay al comer emocional?

¿Qué podemos hacer para gestionar estas emociones y que no se adueñen de nosotros y del estilo de vida que nos gusta?

Nos referimos a gestionar y no controlar porque las emociones no van a desaparecer. Intentar taparlas u ocultarlas no nos va a hacer ningún bien a medio o largo plazo. Existen varias opciones:

  • Lo más adecuado es ir a un psicólogo, que nos guíe y nos dé unas pautas. La ayuda profesional siempre debe ser la primera opción.
  • La biblioterapia también es de mucha ayuda. Se aprende mucho de los libros, nos damos cuenta de cosas que no nos habíamos parado a pensar. Algunos tienen ejercicios que podemos practicar para que nos resulte más fácil llegar a donde queremos.
  • Meditación. La meditación es un tiempo en el que estamos con nosotros para aprender qué queremos, qué sentimos, cómo somos. Nos lleva a la calma, a la paz. Y cuando uno está en paz, tranquilo y calmado, las emociones se regulan. Es una actividad a la que no hace falta dedicar demasiado tiempo, aunque sí conviene ser constante para ir avanzando.
  • En cuanto a la gestión de las emociones, a veces es bueno dejar que salgan y guiarlas en otra dirección. Algunas buenas opciones pueden ser una actividad física deportiva, baile, manualidades, cocina o aprender a tocar un instrumento.

¿Por qué debemos salir de este bucle?

Cuando comemos de más entramos en un bucle. Comemos para sentirnos bien. Nos sentimos mal por haber comido tanto. Sentimos ansiedad y esta ansiedad nos lleva a comer otra vez.

Cuando hemos sobrepasado el peso con el que nos sentimos cómodos nos sentimos mal y volvemos a comer.

Cuando entramos en esta dinámica, no nos ponemos hasta arriba de ensaladas y verduras precisamente, por lo que estamos atentando contra nuestra salud y podemos ocasionarnos problemas.

Ocurre algo similar cuando lo que nos ocurre es que disminuye el apetito y no tenemos hambre. Llega un punto en el que no nos vemos bien y eso nos lleva a sentirnos mal y consecuentemente sentimos las mismas emociones que nos han llevado a no comer y seguimos sin tener apetito.

Aquí la salud se suele ver perjudicada antes por no recibir los nutrientes necesarios. Empezamos a notar menos energía, nos sentimos apagados y sin fuerzas.

Ya sabrás que en el equilibrio está la respuesta. Busca ese equilibrio cuando te salgas del camino y pide ayuda si lo necesitas.

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Zoraida Luque
Licenciada en Psicología. Máster en Psicología Clínica.

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