Cómo superar el miedo al cambio

Vivimos, trabajamos, pensamos, sentimos y muchas veces obviamos que el cambio es posible y quizás también necesario.

Nos asusta lo desconocido, el hecho de no saber qué pasará, el mañana, la incertidumbre, y por no afrontar este miedo, evitamos ir más allá y nos acomodamos dentro de una zona de confort previsible y rutinaria porque la vemos segura. Preferimos que los días vayan pasando sin grandes sobresaltos, y quizás vivir sin emoción, vacíos y frustrados.

En ocasiones es posible que este miedo al cambio sea consecuencia de no creer lo suficiente en nosotros mismos. Si este es tu caso, quizá pueda ayudarte este post sobre cómo potenciar tu autoestima y autoconfianza en 7 simples pasos de manera sencilla y efectiva.

¿Necesito un cambio?

Cambiar es algo deseado y temido a la vez. Necesitamos salir de una situación, pero nos sentimos cómodos cuando estamos viviendo dentro de lo conocido. En todo cambio está implícita la toma de decisiones, lo que supone tener claro donde queremos ir, o al menos aquello que no queremos.

Desear un cambio y no tomar una decisión es un proceso que nos desgasta psicológicamente, y nos mantiene en un estado pasivo de bloqueo constante.

Es posible que pienses que realizar un cambio profundo no es posible. Quizá antes de valorar si esta creencia se basa en la realidad, debas plantearte los siguientes puntos.

Reflexiona. ¿Realmente quieres que se produzca el cambio? Si vamos buscando excusas para no afrontar ningún cambio, difícilmente podremos iniciar nada. La negación es un mecanismo de defensa que nos ponemos para ni siquiera llegar a intentarlo.

Ser capaz de renunciar. Todo cambio implica dejar atrás o eliminar algunos aspectos de nuestra vida. Y esto puede llegar a causar dolor.

No idealizar las situaciones y ser realista. Todo cuesta, no hay salidas perfectas y en todas partes hay ventajas y desventajas.

Buscar la motivación necesaria. La motivación es realmente el motor del cambio. Sin motivación, el cambio no será posible porque es la que nos da la energía necesaria para llevarlo a cabo.

Romper hábitos. Si realmente queremos cosas diferentes, tendremos que comportarnos y hacer cosas diferentes. No podemos esperar que todo cambie por arte de magia cuando seguimos realizando las mismas acciones. Decía Einstein que la locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes.

Saber convivir con la incertidumbre. Debes conseguir ser capaz de salir de la zona segura y afrontar que no sabes hacia dónde irás. Hay que dominar la ansiedad que esto produce y no dar vueltas a las cosas, y mucho menos avanzar escenarios negativos.

Ponernos metas. Podemos realizar un ejercicio proyectivo de visualización en nosotros mismos. ¿Cómo nos gustaría vernos dentro de 5 años? ¿Y dentro de 10? ¿Qué ha cambiado en nuestra vida?

Avanzar en pequeños pasos. Si nos ponemos objetivos demasiado exigentes es posible que nos desmoralicemos muy pronto. Es mejor dividir nuestras metas en pequeñas submetas que iremos consiguiendo poco a poco. Esos pequeños éxitos suponen una motivación para seguir avanzando y no abandonar el camino que nos hemos marcado.

Gratificarnos a nosotros mismos por todo lo que hemos ido consiguiendo. El mero hecho de hacer el primer paso ya es motivo de celebración. Recompénsate por cada pequeño logro conseguido. En el largo plazo comprobarás que todos y cada uno de esos pequeños pasos han sido completamente necesarios para llegar a donde siempre soñaste.

Afrontar el miedo a equivocarse. Todos podemos equivocarnos, y de los errores también se aprende. Quien más se equivoca es quien nunca lo ha intentado. Atrévete a equivocarte, a caer y a levantarte.

El cambio es inevitable y nos acompaña en todas las etapas de nuestra vida. Desde que nacemos estamos sometidos a cambios y tenemos que conseguir metas para pasar de una etapa a otra. En un primer momento genera miedo y quizás rechazo, pero a medida que vamos avanzando ganamos en seguridad. El cambio es necesario para la adaptación a nuestro entorno.

Y recuerda: Querer un cambio y no decidir nos estanca y nos deja con una sensación de ver pasar la vida. La enorme factura que nos queda es una elevada insatisfacción personal y un sentimiento de vacío constante.

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