Sobre lo que depende de nosotros y lo que no

De todas las cosas del mundo, hay algunas que dependen de nosotros y otras no. De nosotros dependen nuestras opiniones, nuestros movimientos, nuestros deseos, nuestras inclinaciones, nuestras aversiones; en resumen, todos nuestros pensamientos y acciones.

Las cosas que no dependen de nosotros son el cuerpo, los bienes, el destino, el resto de seres vivos -lo que incluye qué piensan y cómo actúan.
Todo lo que está en nuestras manos es libre por naturaleza ya que no hay nada que pueda manipularlo, obstaculizarlo ni frenarlo. ¿Quién es capaz de controlar lo que pasa dentro de nuestra cabeza? ¿Quién, más allá de cada uno de nosotros, puede decidir en qué queremos pensar y en qué no? ¿Cómo queremos actuar o cómo queremos dejar de actuar? Pese a que podamos ser influidos, la decisión final la toma nuestra cabeza.

Ahora bien, todo lo ajeno a nosotros es volátil e imprevisible, incontrolable, dependiente de mil y un factores, obstáculos e inconvenientes. ¿Qué más podemos obtener -aparte de aflicción, desazón y alteración- de intentar controlar lo que no está bajo nuestro control?

No tomemos, pues, como nuestro aquello que proviene de fuera de nuestro ámbito. ¿Depende de nosotros ser invitados a una fiesta? ¿Depende de nosotros que nos den el primer premio? ¿Depende de nosotros que nos contraten en un trabajo? ¿Depende de nosotros que alguien se enfade? ¿Depende de nosotros que nuestra pareja no nos quiera o que desee acabar con la relación? ¿Depende de nosotros que alguien no se presente en una cita?

Podemos ejercer una influencia con nuestros actos, claro está, pero pueden haber tantos factores que intervengan en la toma de decisiones de los demás, que sólo conseguiríamos volvernos locos si intentáramos tenerlos todos en cuenta (aunque siempre nos dejaríamos algunos) y sacar una conclusión de por qué lo han hecho.

Lo único que podemos hacer -ya que tal y como hemos comentado al principio eso sí que depende de nosotros- es apuntar nuestros pensamientos y acciones hacia la dirección que queremos; una vez el barco ha sido encarado rumbo hacia el destino deseado, que haga sol o tormenta, marejada o mar plana, sople viento del norte o sople viento del sur ya no está en nuestras manos.

Del mismo modo que el buen marinero redirecciona la nave según las condiciones meteorológicas y va tomando decisiones sobre la marcha sin pensar que la fortuna ha querido fastidiarle a propósito, consideremos las situaciones que nos ocurren de la misma forma. Dediquemos nuestras energías a aprender a llevar la embarcación por los diferentes vientos y oleajes en vez de pretender dominar cuando tiene que salir el sol o cuando tiene que llover.

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