Tecnofobia: Desde cajamarca hasta Black Mirror

black mirror

Desde que en 1532 Francisco Pizarro apresara a Atahualpa ha llovido mucho. Pero quién iba a decir que en cosa de solo 450 años la preocupación de la sociedad iba a pasar de la mejora de la rueda a las implicaciones de la realidad virtual sobre la educación de nuestros hijos en plena era digital.

La conquista de Cajamarca ha quedado inmortalizada en el tercer capítulo de Armas, Gérmenes y Acero, premio Pulitzer, del gran Jared Diamond. ¿Cómo llegó el bueno de Pizarro a derrocar a todo un imperio inca, con tan pocos hombres y a millas de una base de repuesto, comida y armamento? Fueron las armas y el acero, es decir, la tecnología; y los gérmenes, o la biología. Pero aquí entró en juego un aspecto clave, la psicología.

A Atahualpa le corroía una grave preocupación, tanto que no le dejaba dormir. Sus sacerdotes le habían vaticinado que su imperio caería en manos de un dios que vendría allende los mares, barbudo, de rostro pálido y de vestimenta reluciente. Cuando éste vio a los españoles y sus brillantes armaduras, concluyó que el vaticinio se había hecho realidad y rindió su ciudadela sin titubeos. Las armas, los gérmenes y el acero fueron la clave de la conquista de Perú.

Sin embargo, hoy en día sabemos que la tecnología es un arma de doble filo. Ahora existen conceptos nuevos como Armas de Destrucción Masiva. Si después de la II Guerra Mundial surgió el movimiento antinuclear, hoy en día hay una corriente que se manifiesta en contra del desarrollo vertiginoso de la tecnología. Además, ésta hace años que ha incluido una acepción más difusa, siendo utilizado por muchos prácticamente como sinónimo de “la red”. Concepto que algunos han extrapolado hasta incluir la idea de “información” en su conjunto.

Así se ha llegado al debate sobre los peligros de la nueva sociedad de la información. No hace tanto que Bowling for Columbine levantara ampollas entre muchos pedagogos que se manifestaron de forma vehemente contra los peligros de los videojuegos. Hoy en día hay formas nuevas para atentar contra los derechos humanos, como la difusión del terrorismo audiovisual o el bullying a través del whatsapp.

Los riesgos de la realidad virtual han quedado plasmados de forma magistral en la serie Black Mirror donde se muestra una sociedad hipertecnificada. Un lugar donde las personas viven puntuándose unas a otras a través de una aplicación móvil para pasar de una clase social a otra, que condiciona  interacciones basadas en la absoluta hipocresía. Una mujer que pierde a su marido en un accidente y se vuelve adicta a un programa informático que – mediante la recopilación de su huella digital- responde como lo haría él. 

O San Junípero, una ciudad ideal que muestra su lado oscuro cuando uno descubre que gran parte de sus habitantes están criando malvas hace tiempo, y que son, en realidad, fantasmas de antiguas conciencias que han decidido quedarse allí para siempre disfrutando de un momento vital congelado en el tiempo, en recuerdo de una época en la que fueron felices.

La calidad de estas historias reside en que, a pesar de todo, no son tan inverosímiles, sino que en múltiples aspectos nos resultan familiares. Es nuestra realidad cotidiana expandida hasta niveles delirantes. Hoy en día hay personas para las que las redes sociales se han convertido en un auténtico problema de salud mental. ¿Quién nos dice que no nos enamoraremos de un bot si pudiera simular a un ser humano a la perfección?.

Generalmente los artículos que he leído sobre los peligros de la tecnología de la información vienen del área de la educación, y alertan sobre una gran cantidad de cosas nocivas que pueden traer consigo: la violencia en el cine, la sobre-estimulación, la pérdida de la privacidad. He comprobado que muchas de las personas que se inclinan por ver el lado negativo de esta tecnología tienden a manifestarse también en contra del microondas, de los antibióticos, de la medicina tradicional y de la experimentación animal.

Aunque cada uno de estos temas parecen no tener relación, se puede reconocer en todos ellos un trasfondo común que Pinker denomina “el mito del Buen Salvaje”, para describir aquel pensamiento por el cual el ser humano nace bondadoso y es la sociedad la que lo corrompe. La tecnología parece haberse convertido en el nuevo Leviatán que tiene el poder de corromper la esencia de lo humano (sea lo que fuere esa esencia). Es el debate Nature vs Nurture en 2.0.

No quisiera decir este debate no tenga sentido: al contrario. Los riesgos que conlleva la tecnología merecen una reflexión profunda desde el conocimiento y el raciocinio. Sin embargo a menudo la defensa irracional de lo natural tiene implicaciones tan desfavorables como la defensa del uso de la tecnología sin miramientos. En un interesantísimo ciclo sobre pseudociencias realizado en el Ateneo Navarro, Alfonso Gámez destripaba los peligros de la falta de pensamiento crítico en la salud pública. Tal vez los defensores de las curas milagrosas que se niegan a vacunar a sus hijos no se den cuenta de que, si creen en esto, no tienen razones para no creer que el cuerno de rinoceronte potencia la fertilidad, y de que, quizá de manera indirecta, están potenciando la extinción de este bello animal.

Quizá algunos no vean la relación entre esta afirmación, “lo natural vs lo tecnológico” con la doctrina del Buen Salvaje, o  con la idea de que el cine actual crea seres violentos. Coincido con Pinker en que hay una profunda conexión entre estas ideas. Es el pensamiento de que hay una realidad externa que puede imponerse sobre algo que ya se halla en la mente infantil (y que por naturaleza es positiva y auténtica).

Conforme avance la genética es posible que descubramos que hay combinaciones de genes que predisponen a una persona a ser un asesino en serie. Este tipo de cosas nos produce una repulsión inmediata, ya que inclina a pensar en la estigmatización, la negación de nuestra libertad de elección y del poder positivo de la educación. Hay que recordar sin embargo, que la doctrina de la tábula rasa inicialmente desarrollada por Locke contra las ideas innatistas, acabó por producir una profunda estigmatización en generaciones de padres que se sintieron responsables de que sus hijos fueran autistas o esquizofrénicos. La conclusión es, como siempre, que las visiones unilaterales  llevan a resultados parciales, alejadas de la realidad.

Hace poco, Alfonso Gámez publicaba en Magonia una entrevista al biofísico Félix Goñi. Este es un extracto:

A.G: Si creemos que las ondas de telefonía son nocivas, ¿también deberíamos apagar la radio y la tele?

F.G: Por supuesto. (…) Si unas son dañinas, también lo son las otras (…).

A.G: ¿A qué achaca entonces el miedo de cierta gente a las ondas de telefonía y wifi?

F.G: (…) Es un fenómeno interesantísimo, subyugante, que una sociedad cada vez más dependiente de la ciencia y la tecnología desarrolle, al mismo tiempo, fobias inexplicables hacia la tecnología.

De forma paralela, ¿el cine actual fomenta la violencia?. Dicho de otra manera: ¿Las películas violentas fomentan la violencia? Si yo fuera innatista al 100% diría que no, si el niño que ve por ejemplo Narcos no tiene genes que predisponen a la violencia. Claro que sería una respuesta a posteriori, dando lugar a un argumento circular. Si fuera 100% empirista diría que sí, ya que su mente sería moldeable en un 100%.

La respuesta más realista sin embargo, con los conocimientos actuales desde la biología, las neurociencias y la psicología, sería un “depende”. Hay cine violento cuyo mensaje no es la violencia. Otra forma de decir lo mismo es que la violencia, al igual que la ternura o la compasión, forma parte del repertorio de las capacidades humanas adquiridas en su historia evolutiva. Que haya películas que venden violencia de forma gratuita, no es lo mismo que decir que el visionado con cierta frecuencia de escenas de violencia causen de forma necesaria la agresividad en la mente del niño.

Otro experimento natural. En Armas, Gérmenes y Acero, Jared Diamond narra el triste final de los moriori en las islas Chatham, a 800 kilómetros de Nueva Zelanda, a manos de los maoríes en diciembre de 1835. Los maoríes era un pueblo de agricultores, con una estructura jerárquica centralizada, con tecnología mucho más avanzada que los morioris, que eran cazadores-recolectores cuyas costumbres eran que acostumbraban a resolver las disputas de manera pacífica. Así, cuando entraron en colisión fueron los maoríes quienes exterminaron a los morioris y no a la inversa.

Por supuesto nada dice Diamond sobre la inclinación más o menos agresiva de los maoríes, sino que el suyo es un análisis geográfico de cómo una cultura sobrevive sobre otra. Sin embargo, si por un momento nos volviéramos extremadamente simples e hiciéramos una valoración moral de la agresividad, – digamos por ejemplo que “la agresividad es mala”-, vemos cómo llegamos a conclusiones tremendamente extrañas y espurias. Pongamos que los maoríes son gente desdeñable por su estilo social aguerrido, y que los morioris son moralmente superiores por su inclinación hacia la armonía. Pongamos además que hay unos “genes de la violencia” y unos “genes de la armonía”.  La conclusión es que los primeros nunca sobrevivirían ya que siempre serían exterminados por los segundos.

Creo que es bueno entender que no hay una causa que produzca una consecuencia de forma necesaria y suficiente en la realidad humana. Correlación no implica causalidad. Todos lo entendemos, ¿pero nos comportamos como si realmente lo creyéramos?. Y esto es aplicable a la violencia en el cine, los móviles y al consumo de marihuana.

En 1532 las armas no derrotaron a Atahualpa. Fue la superstición.

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Satoko Kojima

Graduada en Psicología y trabajadora actualmente en el campo de la integración social.

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