Convivencia entre adolescentes y niños pequeños

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Muchos pensamos en un adolescente y sólo imaginamos rebeldía, problemas, bromas pesadas… en realidad, convivir con un adolescente se asemeja mucho a hacerlo con un niño de alrededor de 3 años. Sólo que una larga cadena de “¿por qué?” para todo, es mucho más adorable y tierna en un pequeñito que en un chico de unos 13 o 14 años. ¿Acaso están en nosotros los prejuicios que nos hacen ver como rebeldía mal educada la curiosidad de un adolescente?

Estas etapas de la vida suelen representar difíciles rompecabezas para padres de familia y para las personas que rodean a niños pequeños y adolescentes. Quizá porque es difícil dar respuesta a una interminable cadena de preguntas y cuestionamientos. Quizá porque como adultos hemos puesto a dormir la curiosidad con que ellos ven el mundo.

Es por ello que adolescentes y niños pequeños pueden hacer un equipo fantástico y aportarse muchas cosas positivas entre ellos. Para un niño que tiene entre uno y tres años de edad, convivir de forma cotidiana con un chico de entre 12 y 16 años le da muchos elementos interesantes. Por ejemplo, el bebé aprenderá a comunicarse de forma verbal y no verbal de forma mucho más rápida y concreta.

Un chico en edad adolescente tiene sus emociones mucho más “a flor de piel” que un adulto. Aunque no se puede generalizar, podemos decir que muchos chicos de esa edad reaccionan con mucha intensidad ante los estímulos emocionales externos, ante lo que otros les dicen, a lo que sienten y piensan. Un bebé que apenas está aprendiendo los parámetros de comunicación puede enriquecer muchísimo sus expresiones, sobre todo las no verbales al convivir cotidianamente con un chico o una chica 12 años mayor. Desde aprender a cruzar los brazos para comunicar “estoy enojado”, a intercambiar sonrisas cuando está feliz, este tipo de comunicación no verbal puede facilitar el paso a la expresión verbal para un pequeño y mejorar sus intercambios con sus padres y sus cuidadores en general.

También es cierto que el bebé intentará imitar conductas tan cotidianas y a veces difíciles de enseñar como tomar un baño, cepillarse los dientes o comer sentado a la mesa.

¿Y el adolescente cómo se beneficia?

Sobre todo, su capacidad de comprender al otro desde la empatía se incrementa considerablemente. De quizá ver al bebé como “una personita que habla raro”, aprenderán a intentar comunicarse, a ser pacientes, a intentar comprender, incluso a ser más claros. Aprenderán a no sentir que son los únicos con curiosidad, los únicos en no poder expresar todo lo que sienten, los únicos en sentirse incomunicados e incomprendidos. Además, se divierten muchísimo juntos. Crean y diseñan juegos que los activan física y mentalmente y que los hacen sentir responsables de alguien más frágil.

La verdad es que esta relación no tiene desperdicio y si se fomenta ya sea en el núcleo familiar o institucionalmente (con grupos de jóvenes que hagan sesiones de juego en guarderías o escuelas de educación inicial), puede brindar una gran gama de reacciones positivas en ambos grupos de edad involucrados.

Photo Credit: Hermanos via Shutterstock

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Carla Martinez

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