Comprender los indicadores del suicidio

indicadores suicidio

Es el contexto, algo tan relativo o tan importante a la hora de preguntar aquello que surge en un suicidio; ¿Por qué lo hizo?, ¿Qué lo orilló?, ¿En qué estaba pensando?, tantas y tantas preguntas que pueden aparecer, es por eso que el contexto sobresale de toda explicación que seguramente debe haber ante un acto suicida consumado o fallido.

Nunca se está preparado para “vivir” de cerca la experiencia del suicidio, ya sea de un familiar o un amigo.

Una de las premisas que se puntualizó en la clase impartida por la MTF Norma Sandra García Urquiza, de quien me lleve una grata impresión, es que: “hay varios indicadores en la conducta del suicida que nos señalan la posibilidad de que se pueda cometer el suicidio”.

Sin embargo pienso que para poder detectar esos indicadores, es necesaria la agudeza visual y auditiva que la experiencia nos puede otorgar, ya que en mi opinión, es muy delgada la línea que diferencia la intención suicida de un momento de depresión, con esto no quiero decir que sean dos cosas opuestas, pues la depresión es factor para el suicidio, pero quien comete suicidio no lo hace por una sola cosa, debe haber varios factores para que se detone “eso” que hace a las personas cometer el suicidio.

Cuando se está cerca de la experiencia del suicidio uno se cuestiona aún cuando los libros muestren los cómo y porqué del suicidio. Esta es mi experiencia:

Héctor era un joven de los que se pueden describir en los ideales de toda chica, alegre, guapo, de buen gusto en el vestir, de familia posicionada socialmente, en una palabra, el príncipe azul alma de las fiestas. Héctor tenía infinidad de sueños y proyectos, mismos que compartía con su novia, una joven de bello rostro y figura de Venus, todo parecía que lograrían formalizar su relación hasta un día en que presencié una discusión entre ellos, donde las agresiones verbales enturbiaron el ambiente; cada uno, como era de esperarse, se retiró a donde su familia.

Una vez que Héctor recupero la serenidad me confió que aquella discusión fue provocada por la noticia de que mi amigo se iría a Monterrey donde continuaría sus estudios y después de un año es cuándo volvería, por lo que su novia reaccionó en evidente desacuerdo, por varias semanas, hasta el día de su partida, no tuvieron contacto, ninguno cedía, “el ego o el amor propio era demasiado grande para tal humillación”. Cierta noche, en la discoteca donde trabajaba, entre la muchedumbre, fue inevitable percatarme de la presencia de la novia de Héctor, la vi sonriente, divertida; la vi dispuesta a recibir los mimos y las caricias de su acompañante…sabía que Héctor llegaría en cualquier momento…algo que no pode evitar; no sé si fue más incomodo para mí o para ellos pero sucedió. Los días siguientes nadie toco el tema, hacíamos como si todo fuese normal, hasta que el momento de la partida de Héctor llegó y lo despedimos como los jóvenes suelen despedir al mejor amigo.

Los días transcurrieron, cada quien continuo con su vida, (que paradoja), la noticia de que Héctor se había suicidado llegó como llega toda noticia que no se espera. Se colgó en las escaleras del departamento que compartía con otros estudiantes de la carrera que cursaba en el Tec de Monterrey, fue todo lo que supe, sin embargo, las preguntas que invadieron mi cabeza hicieron que los días siguientes buscara las respuestas a ellas. Poco a poco me di cuenta de que no conocía realmente a mi amigo, cuando entre por primera vez en su casa, descubrí que prácticamente vivía solo, que era huérfano y que quien se hacía cargo de él era su abuela, una mujer “de sociedad” que pasaba los días entre reuniones y viajes, Héctor contaba con una tarjeta en donde le depositaba mes a mes dinero para sus gastos, creció sin una identidad paterna, sin más reglas que las propias, me di cuenta que al irse a Monterrey Héctor quedo en total y absoluta soledad y que al haber tomado la decisión de ahorcarse fue para dar fin a esa soledad.

Hoy entiendo que hubo señales que pude haber visto tiempo atrás, que si solo hubiera puesto atención a la forma de convivencia de Héctor, trasnochado, fiestero, apegado a la relación con su única novia, y de amplios gustos materiales; cosas que aparentemente hacen los jóvenes que apenas rebasan los veinte, pero que aunado a la ausencia de información simple como la familia, Héctor nunca habló de hermanos, mucho menos de sus padres, todo se centraba en diversión y “disfrutar” la vida, quizás hubiera podido evitar tan lamentable noticia.

Ahora que repaso mi memoria, encuentro que Héctor pocas veces sonreía, era de hablar serio, firme, que ese traje que solía usar con desmedida frecuencia no era por que fuera su favorito sino por el desgano de tener que elegir en su guardarropa, que el comer diariamente en restaurantes era para estar con “alguien”, y que ser el alma de las fiestas era para sentir que le importaba a los demás, descubrí que nosotros sus amigos, éramos su única familia.

Hoy entiendo eso que menciono la maestra en clase: “los motivos por los que te quieres morir, son los mismos motivos por los que quiere vivir”, si tan solo hubiera sabido, ayudaría a Héctor para que regresara con sus amigos, a eso que lo hacía sobresalir en las reuniones, en los antros, le haría ver que nosotros éramos su familia y que no estaba solo.

Debemos dejar los falsos prejuicios para preguntar por todo aquello que tenemos frente a nosotros y que están fuera de lo razonable por más mínimos que sean los detalles, es entonces que el contexto adquiere ese valor que cada terapeuta, psicólogo, o persona cercana le puede dar.

Photo Credit: indicadores suicidio via Shutterstock

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Ramon Esparza
Master en Psicoterapia clínica, egresado el Instituto de Formación Humana en la ciudad de Chihuahua, Chihuahua, México Con una trayectoria de 8 años Conferencista con temas especializados en prevención del delito: “Violencia en el noviazgo”, “proyecto de vida”, “Hostigamiento y violencia sexual”, “Fiestas Rave”
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