Un caso de Psicología infantil: En busca de la personalidad perdida

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Voy hablar de Lucía, no es su verdadero nombre, pero da lo mismo. Esto va de seres humanos únicos, no de etiquetas.

Cuando conocí a Lucía ella iba en el coche y mi colega de profesión, Sergio Laiz, conducía. La saludé y ella me miró con extrañeza, no se bajó para dejarme pasar, como si la cosa no fuese con ella. Cuando subí al coche la pregunté qué tal estaba y ella me contesto “bien bien”. La verdad es que parecía contenta mientras sonaba una música latina, a Sergio no le gusta, así que me imaginé que era de su agrado.

Bajamos el recorrido hasta la escuela hablando de cosas sin importancia. De vez en vez ella se giraba y me escrudiñaba, parecía querer preguntarme algo, pero no la hacía. Mi cultura interpersonal dicta que si te miran es para hablar, pero no parecía la suya. Su comunicación inicial se basaba en un primer momento de observación y la ausencia de palabras o gestos no indicaba falta de contenido, pero eso es de difícil comprensión. Además, como comenté con Sergio después, Lucia en ocasiones no se incluye en la conversación como sujeto activo.

Una vez en la escuela tardó un rato en decidir si merendaba o no. Había más niños, algunos de ellos sentados de manera forzosa a la mesa gritaban y se quejaban. Lucia tardo su tiempo, se acercó y le pregunté que le gustaba, “plátano” contestó. Antes, un compañero la insistía en que se sentara a su lado una y otra vez. Inquieta, Lucía, miraba hacia otro lado, tornaba los ojos y hacía muecas de enfado intentando avisar de que su paciencia tenía un límite. Finalmente, el otro niño cesó.

Fuimos a una aula los tres (Sergio, Lucía y yo). Sergio comenzó a desarrollar el plan que teníamos para aquel día y Lucía lo firmó con su nombre y una raya abajo. Le pedí que me hiciera un dibujo de su familia y me lo hizo con ganas. En él se podía ver como se sentía alejada de su familia y la importancia de su hermano mayor.

Lucía habló con nosotros, también jugamos a la pelota. No lleva muy bien el fracaso y se frustra con facilidad. Como dice Sergio “se encuentra normalmente en el plano del inconsciente” por lo que es muy sincera de primeras. Sin embargo, después se refiere a sí misma casi siempre en tercera persona, como si Lucia fuese un objeto que hace suyo para atribuirle sus emociones negativas, como si no se le estuviesen permitidas y empleara al objeto Lucía para poder expresarlas. Lo curioso es que, con las positivas, normalmente las de reconocimiento de una cualidad positiva usa el “yo” y lo hace de manera rotunda.

Esta peculiaridad de Lucia se podría atribuir a lo que Melani Klein llamaba la posición esquizo-paranoide de los bebes de menos de 6 meses. En ella los objetos no se integran y quedan divididos en 2, cuando son buenos y cuando son malos. En esta posición no hay identidad o, dicho de otra forma, la configuran los objetos externos y las emociones que generan. Todo se engulle sin masticar y uno se transforma en lo que ingiere. Sin embargo, si leemos el párrafo anterior, Lucía si tiene una identidad, pero ha escindido una parte para no sufrir. Este sufrimiento no creo que tenga que ver con no tener emociones negativas per se, sino con un conflicto entre lo que se le ha exigido ser y es incapaz de cumplir.

Lo anterior coge cuerpo cuando pienso en cómo se llama la educación que recibe “aprendizaje sin error”. El pragmatismo se impone en su educación y los errores son rápidamente corregidos. Sus errores son tratados como virus inmunes a la rectificación y es rápidamente aislada de sí misma.

Muchos colegas de profesión defenderán esta postura, literatura hay a mares, pero el trabajo de Sergio ilustra lo contrario. Antes de verla Sergio ya me habló de ella y me contó que había conseguido que se divirtiese haciendo mal un puzzle. Al principio me dijo que le costó, pero que al final fue entendiendo que era parte de hacer el puzzle y que podía ser divertido. En mi segunda visita hicimos un puzzle y pude ver con mis ojos como lo hacía mal sin frustrarse por ello y, sobre todo, como lo hacía mal aposta diciendo, en primera persona, “lo pongo aquí” con la risa y excitación de aquel que está rompiendo las normas de toda una vida.

Si nos centramos en la perspectiva cognitiva podemos decir que Lucía tiene esquemas nucleares. Un esquema nuclear es la base desde la que se construye la personalidad. En su caso una creencia nuclear podría ser “hacer las cosas mal es ser mala”. A partir de aquí se generan pensamientos automáticos como “soy mala porque lo hago mal” y condicionales “si no consigo hacerlo soy mala”. Lucía escinde o atribuye estos pensamientos al objeto Lucía por dos cuestiones: primero, no tiene mecanismos de afrontamiento, ya que su “aprendizaje sin error” se los ha negado. Segundo, las expectativas desajustadas sobre su evolución han hecho que cada fallo sea castigado de manera externa, lo cual favorece que Lucía externalice la emoción en lugar de integrarla como propia. Se podría decir que ese es el mecanismo de afrontamiento que le han brindado.

En nuestro segundo encuentro pude comprobar de nuevo la realidad descrita anteriormente. Lucía comenzó haciendo bien la prueba, pero cuando llegó a un punto en el que no era capaz se frustró. La pregunte que si seguíamos y dijo “no”. Al insistir me dijo “no no quiere”. Podemos ver que su primera respuesta es personal, surge de su deseo sin la barrera consciente de tener que integrar deseos y normas. Con la segunda petición entra en conciencia de la situación y me convierto en su Super yo. Como no puede acceder a romper su principio de placer ni mi principio de realidad utiliza a la Lucía objeto para reafirmar su deseo. Si hubiese seguido insistiendo, como el niño en la merienda, se habría quedado atrapada entre dos realidades que no puede integrar, pero de las que tampoco puede escapar. Entonces se habría paralizado y después habría explotado de rabia para poder liberar la energía acumulada en cada nueva petición.

La situación se recondujo no sin que antes me mostrara que tiene un déficit en su capacidad de integración sensorial. Después de enfadarse se tiró con la silla hacia atrás, al hacerlo fue haciéndolo poco a poco y no hizo los típicos gestos de desequilibrio que haría cualquiera. Esto indica que su integración vestibular-motora es deficiente. Esta característica ya la observé en un compañero suyo de escuela años antes, trabajando en otro centro, este chico daba vueltas sobre sí mismo sin parar sin mostrar ningún síntoma de marearse.

La terapia para Lucía no es sencilla, pero no debe guiarse por principios de autonomía, lo cual no significa que no deban realizarse aparte. Lucía debe conectar consigo misma en su totalidad y generar una identidad estable e integrada. Para ello tendrá que luchar con muchos conflictos y acceder a sus esquemas básicos. Muchos dirán que no es posible, pero muchos otros, como Sergio y yo, pensamos que si y como he hablado muchas veces con Sergio “ lo importante es que desarrolle su personalidad, que sepa que es lo que quiere y lo que no, es decir, que sea una persona”.

Photo Credit: Niño via Shutterstock

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Rafael Medina

Rafael Medina

Psicólogo clínico especialista en rol profesional, personal y familia. Terapia integrativa, ajustada y dirigida hacia objetivos.
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