¿Por qué amo The Walking Dead?: las personas ante las crisis

crisis

La primera vez que vi una película de horror fue a los 6 años. Mis padres me llevaron a ver Tiburón de Steven Spielberg. Admito que no es algo que personalmente les aplauda, ya que durante mucho tiempo tuve miedo de bajar un pie de la cama porque estaba seguro que unas mandíbulas ensangrentadas aparecerían de la oscuridad y me lo arrancarían de cuajo. Sin embargo a partir de ahí me enamoré del cine de horror.

Yo no lo sabía aún pero fue entonces que se sembró la semilla que muchos años más tarde brotaría en una forma bastante peculiar a través de la psicología y de mi interés en estudiar cómo es que las personas reaccionamos ante las crisis de la vida. Es probable que en estos momentos te estés cuestionando ¿qué demonios tiene que ver el cine de horror con las crisis de alguien? Y no te falta razón, pero déjame tratar de explicarte cómo es que lo veo yo.

Como uno de los más grandes maestros del género lo explica en sus memorias –Stephen King-, el cine de horror nos da la oportunidad de asistir a una sala atestada de gente para gritar, temblar, saltar y hasta llorar de miedo, con la confianza plena de que nuestro comportamiento no solamente resultará permitido sino que incluso será alentado.

Y esto es consecuencia de que en este género –como casi en ningún otro-, se le permite al espectador sentir alivio al pensar una cosa de manera clara y contundente: qué bueno que esa porquería le está pasando a alguien que no soy yo; qué suerte que no soy yo el que tiene que resolver eso. Ahí es donde radica su fuerza. Una buena historia de horror nos hace ser conscientes de la magnitud de una crisis (aunque sea una ficticia) de forma pragmática y nos deja verla casi hasta con interés científico.

Porque no estamos inmersos dentro de esa crisis es que podemos disfrutar de la película e incluso hacer análisis y conjeturas de lo que haríamos en el lugar de los protagonistas o criticar el proceder estúpido de uno de ellos. Eso nos mantiene alejados y nos da confianza y seguridad. ¿Pero qué pasaría si fuéramos nosotros quienes estuviéramos dentro de la historia? ¿Reaccionaríamos igual que el héroe, salvando todos los obstáculos y saliendo victoriosos al final? O –cómo resulta más probable-, ¿tomaríamos las mismas decisiones erróneas que las víctimas?

¿Qué es una crisis?

La palabra crisis en su origen etimológico significa dos cosas: rompimiento y decisión.

En el primer sentido se refiere al término krisis, es decir, a una estructura que se rompe. Esa estructura puede ser un pensamiento, un sentimiento, una forma de resolver los problemas o un estado de vida.

En gran parte gracias a los trabajos de Erik Erikson, sabemos que el ciclo vital de una persona se divide en ocho grandes momentos que pasan de uno a otro a través de su resquebrajamiento o crisis. Como algo se rompe es necesario y –como en el caso de la ya legendaria serie de televisión The Walking Dead-, vital que sea reparado. Si esto no ocurre, la persona se queda estancada dentro de la crisis sin saber qué hacer e incluso, manteniendo actitudes que no le funcionan ya. Entonces algo se rompe y hay que analizarlo para actuar en consecuencia.

Y aquí entra la segunda acepción de la palabra crisis –krinein-, que se refiere a la decisión que la persona debe de tomar para movilizarse a la acción. En el aspecto de la decisión radica en su mayor parte el sentido de las crisis.

La razón de ello es que durante el rompimiento o primer estadio de una crisis es poco probable que eso tenga que ver con la persona a la que alcanza los efectos de la misma, es decir, un rompimiento puede llegar sin que lo imaginemos, lo anticipemos o lo “merezcamos” (prueba clara de ello es el repentino fallecimiento de un ser querido… o una invasión de zombies hambrientos de humanos). Pero una vez que está ahí este evento, este primer estadio, la persona sí tiene todo el poder de elección –a través de su decisión-, para darle sentido a lo que está ocurriendo definiendo un rumbo por y para sí misma.

En pocas palabras, durante una crisis el rompimiento de nuestro mundo hasta entonces seguro o cómodo no depende de nosotros, lo que sí depende de nosotros son las decisiones que decidamos tomar para enfrentar ese resquebrajamiento.

Lo que nos enseña The Walking Dead

Independientemente de mi personal fascinación por la serie desde que la descubrí hace algunos años, lo que me ha llevado a mantener el interés por ella cuando muchas personas que solamente esperaban ver un montón de muertos vivientes devorando a los vivos la han desechado, no es el horror sobrenatural sino el horror de la transformación del espíritu humano ante la crisis.

Es precisamente ahí en donde se encuentra el gran acierto de la serie que, no por nada, mantiene cautivos ante el televisor cada semana a más de 60 millones de personas en todo el mundo: nos intriga saber cómo reaccionarán los personajes, antes normales y con vidas normales, ante una crisis de proporciones catastróficas. Y si además de vez en cuando decimos un “¡Mira, con un demonio, también hay zombies!”, ¿qué mejor?

El misterio de la transformación que permea el día a día de la vida interior de Rick, Carol o Daryl (tres de los personajes más emblemáticos), es traumático pero al mismo tiempo fascinante para los espectadores porque nos refleja a nosotros mismos y nuestras crisis. Eso y por mucho puede llegar a resultar más escalofriante que ver a una horda de “caminantes” avanzar contra las murallas de la ciudad

Esto se pone en evidencia cuando nos preguntamos ¿cómo un otrora increíblemente ético y honesto oficial de policía, con altos valores hacia la vida como Rick Grimes, cuya motivación era hacer cumplir la ley y proteger a las personas, puede llegar a convertirse en un asesino despiadado que dispara primero y pregunta después, con el fin de mantener a salvo a “su” grupo y apenas inmutarse ante ello?

¿Cómo es posible que una mujer sumisa y abusada antes de la catástrofe como Carol Pelletier, que estaba a dispuesta –casi-, a dejar que su alcoholizado esposo la matara a golpes, puede volverse la “madre” sustituta y confiable de prácticamente todos sus compañeros, en gran parte debido a su revitalizada fortaleza de carácter?

Y ¿cómo es posible que un pusilánime chico de campo, siempre asustado a la sombra de su hermano sociópata vaya adquiriendo tal estatus de héroe a través de sus acciones que permitan que él, Daryl Dixon, sea visto como uno de los líderes indiscutibles por todos los demás?

¿Cómo es posible? Es la pregunta que nos hacemos los que vemos un poco más allá de la sangre y las vísceras derramadas en cada capítulo de la serie.

No somos quienes creemos

La respuesta que yo encuentro a esta contundente pregunta es que no somos quienes creemos ser, por más que nos esforcemos en creer que sí lo sabemos. Y la serie de televisión funciona como una mensajera de ello. Nos recuerda con cada episodio que son las crisis las que se encargan de hacer que nos respondamos si realmente somos o no quienes creemos ser.

The Walking Dead no es más que una símbolo de nuestras propias vidas tranquilas, perfectas, anodinas y de su escalofriante fragilidad ante las crisis. Y claro, es cierto que en ellas no enfrentamos una pandemia zombie (ni lo haremos, estoy seguro, jamás), pero en cierto sentido, todos vivimos día con día nuestro fin del mundo a nuestra manera. Nuestros “caminantes” cobran forma a través de un divorcio, una pérdida de trabajo, un fallecimiento inesperado, la partida de los hijos o por el simple hecho de enfrentar –como mencionaba Erikson-, las fases naturales de la vida.

Todos hemos pensado alguna vez en lo que haríamos si nos topáramos con una situación fuera de lo ordinario y nos pusiera en una posición de tener que tomar decisiones que nunca antes nos vimos obligados a elegir. En ocasiones, al ver un capítulo de la serie, le gritamos a uno de los personajes: “¿Cómo es posible que cometas esa estupidez?”, sin embargo, estoy seguro que nosotros no lo haríamos de forma muy distinta a él, porque solamente hasta que nos encontramos en una posición similar descubrimos quiénes somos realmente.

The Walking Dead, en resumidas cuentas, es una alegoría. Un reflejo distorsionado y ficticio pero dolorosamente cercano a nuestra propia existencia y esa es la razón por la que amo ver cada episodio. El maravilloso Bertolt Brecht decía que una crisis aparecía cuando “…lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer”, y es justo en ese breve interludio entre uno y otro momento en donde nuestra toma de decisiones nos harán saber de qué estamos hechos, cuánto nos hemos transformado y en qué nos hemos convertido ahora, o lo que es lo mismo, sabremos un poco más quienes somos de forma auténtica en este nuevo momento. Hasta la próxima.

The following two tabs change content below.
Vicente Herrera-Gayosso
Psicólogo, video blogger, orador motivacional y autor mexicano. Es egresado de la Universidad Tecnológica de México (Licenciatura en Psicología).

Comentarios

  1. Yoli Lemus-Caro dice

    Muy interesante y verdadero. Me gusto mucho eso de que “No somos lo que creemos” Estoy de acuerdo. Las crisis se encargan de hacernos recordar quienes en realidad somos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *