¿Sabes qué es la felicidad sostenible?

felicidad sostenible

Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón… (El Principio, Antoine de Saint-Exupéry).

La búsqueda de la felicidad ha sido una constante en la historia de la humanidad: la eudaimonia para los griegos, la felicitas para los romanos o la beatitud para los cristianos. Desde entonces, se han desarrollado multitud de teorías acerca de la felicidad y cómo alcanzarla.

Desde la psicología también se han propuesto diferentes modelos y teorías, llegando hasta la concepción actual de felicidad como bienestar.

Esta concepción surgió de los trabajos del psicólogo Ed Diener, quien estableció el término bienestar subjetivo o felicidad, que definió como la evaluación que hace la persona de su vida.

Esta evaluación que todos hacemos de nuestra vida tiene dos componentes: un componente cognitivo (establecemos juicios sobre nuestra satisfacción con la vida) y otro afectivo (hacemos valoraciones afectivas sobre nuestros estados de ánimo y emociones).

¿Qué nos hace más felices?

Dentro de la esfera afectiva del bienestar, diferentes investigaciones han analizado qué nos hace más felices, si la frecuencia o la intensidad de las emociones.

Estos estudios han llegado a la conclusión de que es la frecuencia de las emociones positivas lo que nos hace más felices. Es decir, la mayor felicidad es la que se deriva de emociones positivas muy frecuentes (aunque sean de intensidad baja) y no la que experimentamos con emociones muy intensas.

¿Somos siempre igual de felices?

Algunas teorías, aún vigentes, consideran que la felicidad de cada uno es fija. Es decir, establecen que todos tenemos un punto fijo de felicidad, que puede variar ante circunstancias puntuales que lo hacen elevarse (por ejemplo, que nos toque la lotería) o disminuir (por ejemplo, ante una circunstancia trágica).

Por tanto, según estas teorías, si estableciésemos en una gráfica nuestros niveles de felicidad, estos se mantendrían constantes a lo largo del tiempo, desviándose hacia arriba o hacia abajo puntualmente en función de determinadas circunstancias. Tras esos eventos positivos o negativos, nuestros niveles de felicidad volverían a su punto o nivel fijo.

Sin embargo, actualmente, se han propuesto algunas concepciones que parecen desbancar estas ideas sobre la felicidad constante. Una de ellas es la que propone Sonja Lyubomirsky, en su modelo de la felicidad sostenible.

Este modelo plantea que un 50% de nuestra felicidad está determinada genéticamente, un 10% por las circunstancias y un 40% por la actividad intencional. ¿Qué quiere decir esto? Que en gran medida está en nuestras manos ser felices.

Al contrario de lo que proponían teorías anteriores, Lyubomirsky nos sugiere que podemos incrementar nuestros niveles de felicidad de forma intencional, a través de diferentes actividades e intervenciones.

¿Qué podemos hacer para ser más felices?

Para Lyubomirsky no bastaría con decir “quiero ser más feliz”, sino que deberíamos poner en marcha una serie de acciones compuestas por tres elementos.

1. Cambiar nuestra forma de pensar y actuar.

Si queremos ser más felices, esta es una de las cosas que, según Lyubomirsky podemos hacer: cambiar nuestra forma de pensar hacia una visión más optimista.

Para ello propongo una sencilla tarea que podemos llevar a cabo todos los días, con muy poco esfuerzo y dedicándole tanto solo unos minutos. Se llama la tarea de las tres cosas buenas. Simplemente, al final del día, anotamos o pensamos tres cosas buenas que nos hayan sucedido a lo largo de la jornada. Será más efectivo si lo realizamos de manera continuada.

Con esta tarea enseñamos a nuestra atención a centrarse en los aspectos positivos de lo que nos pasa y nos hacemos conscientes de que nos pasan cosas buenas.

2. Implicarnos en las acciones que llevemos a cabo.

Implicarnos en las actividades que realizamos implica motivación y compromiso por nuestra parte. Una tarea realizada por imposición u obligación, o porque consideramos que sería lo mejor, no nos llevará a alcanzar la felicidad que buscamos.

Una buena forma para implicarnos en aquello que llevemos a cabo es plantearnos metas significativas para nosotros. Pensar en aquello que nos gustaría alcanzar en nuestra vida y programar metas pequeñas que nos lleven en esa dirección.

Las metas que más se asocian con nuestro bienestar son:

  • Aquellas que son significativas e importantes para nosotros: implican conseguir algo que valoramos.
  • Las que tienen un nivel medio de dificultad: si son poco exigentes no nos motivan lo suficiente y si son muy complejas las veremos como inalcanzables.
  • Las que están formuladas en términos positivos: esto es, las que se plantean como objetivos a conseguir y no como condiciones a evitar. Un ejemplo sería “me gustaría aprobar el examen” en lugar de “no quiero suspender el examen”.

3. Desarrollar algún esfuerzo.

Para que la actividad con la que nos implicamos surta efecto sobre nuestra felicidad, debe implicar algún esfuerzo. Cuando alcanzamos algo significativo para nosotros y que nos ha costado gran esfuerzo, nos sentimos autorrealizados, componente psicológico que contribuye en gran medida a nuestro bienestar.

La propuesta de Lyubomirsky implica que tratar de satisfacer determinadas necesidades materiales (tener un coche, dinero…) afecta solamente a nuestro bienestar a corto plazo, pues nos adaptamos rápidamente a esas circunstancias vitales estáticas. Sin embargo, realizar diferentes actividades que puedan resultar satisfactorias y que tengan potencial para experimentar emociones positivas, puede predecir bienestar a largo plazo.

Photo Credit: Mujer con globos via Shutterstock

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Lucía Pardo
Psicóloga y psicogerontóloga por la Universidad de Santiago de Compostela. Creadora y administradora de "Sumando canas, sumando experiencias".
Lucía Pardo

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