Atrévete a parar

tranquilidad

Para un momento. Respira. Procura leer este texto sin prisa. Letra por letra, palabra por palabra, sin querer ir más allá. Sin la necesidad de tragar más, de saber más. Serénate, date cuenta de las tensiones que puedan haber en tu cuerpo para relajarlas y llevarles una mirada comprensiva. Estáis, os veo, os siento, os dejo ir. Párate, estate, sin más, este instante.

Pregúntate, después, si eso es una cosa que te permites hacer, cada día, cada semana, cada mes o cada año. O ninguno de estos cada, porque simplemente estás rodando en una rueda que no para nunca su ritmo.

No es ella quien debe parar. Eres tú.

Salir de las formas establecidas da miedo. Seguimos un compás impuesto y unas costumbres que nos dan una falsa seguridad e identidad. Porque es lo que hace todo el mundo, porque es lo que toca, porque es lo que hay… y, sea lo que sea que nos expliquemos, muchas veces es un argumento que ni siquiera ha sido escogido por nosotros. Nos lo hemos tragado, nos lo han puesto sin que lo sepamos. Y lo actuamos.

Decir que tengo aquello, que hago lo otro, que se me preparan un montón de planes… ayuda a mantenernos al hilo de la navaja sin caerse. Haciendo malabares con nuestra propia alma, que de vez en cuando intenta explicarnos algo distinto.

Pero no queremos escucharla. Muchas veces no. Da miedo, también. Si la dejásemos hablar, así, libremente, abiertamente, aunque fuera por cinco minutos, seguramente nos explicaría una versión tan diferente de lo que es nuestra vida, la vida, que preferimos taparla, callarla. Seguir el circo.

Porque al final es eso. Un espectáculo, donde me pregunto si en éste somos los protagonistas o meros espectadores.

Dejar ir, un día de cada día, un paseo por la arena del mar y obviar la rutina abre muchos interrogantes. Resulta que las olas no tienen días de la semana, ni horarios, ni jubilaciones. Y conectando con su ir y venir me ayuda a conectar con una naturaleza más profunda que cuestiona qué es entonces verdadero. Si la rueda en la que ruedo o estos pasos que después el mar borrará con la subida de la marea.

Tenemos una misión importante, imprescindible, diría. Al menos, como mínimo, una vez en la vida una persona debe ser capaz de ponerse delante del espejo y mirarse. No verse, sino mirarse y viajar hasta las profundidades de su ser. Y dejarlo hablar, gritar, bailar… que se exprese. Que le explique y le recuerde. ¿Quién soy realmente? ¿Qué he venido a hacer aquí? ¿Cuál es mi voz real? La que no se confunde con la mayoría. La que es única y sólo yo puedo entonar. Sacarla, ensayarla. Mirarme y transitar la vergüenza que eso implica, el juicio, la culpa, la amenaza de descubrirme por vez primera y que de aquí llegue un antes y un después.

Yo pregunto: ¿hay alguna inversión que valga más la pena que esta? Un día, tarde o temprano, moriremos. No hay aseveración más real que esta, aunque simulemos que no está. Todo lo que nos llevaremos será nuestra verdad personal. Lo que hayamos sido capaces de vivir de manera fiel a lo que desde muy adentro nos habla y nos guía. Y probablemente esto no tiene nada que ver con lo que siempre nos han dicho y nos hemos creído.

Hace falta silencio. Un tiempo, un espacio. Pausa. Atrévete. Cógete fuerte si tienes miedo. A ti mismo y a tu corazón, eres tu mejor aliado/a. Y en este espacio deja que emerja, poco a poco, sutilmente, secretamente, tu verdad, tu necesidad, tu fuerza de expresión vital.

Deja que se mojen las formas de cartón con tus lágrimas y que se deshagan, al darte cuenta de que hasta ahora no te habías visto. No te preocupes. Este momento está lleno de joyas, porque cuando llegues será porque finalmente te has encontrado y escuchado. Has intuido aquello que habla dentro y que siempre está, y que posiblemente te dice que dejes de actuar en obras de teatro de otros para ser protagonista de la tuya.

Pero no tiene que ver con hacer más, ni siquiera en esforzarte. Deja que caigan las capas, déjate desnudar por tu mirada y consciencia. Deja que se caiga lo que no es. No es necesario luchar para eso. Hace falta descansar. En una sociedad que nos marca objetivos y anuncios en todas partes, no le interesa que recordemos algo tan esencial: no hay lugar donde ir, más que a ti mismo/a.

Sólo es necesario hacer esta parada. Sino la estructura está demasiado solidificada, tiene demasiada identidad, se lo cree mucho, como para dejar cuestionarse fácilmente. Es necesario que busques tus momentos. Si lo haces, los encontrarás. Aunque sean cinco minutos al día, o a la semana. Pero mírate de cerca. Conoce cuántas pecas tiene tu cara. Qué sensaciones habitan en tu cuerpo muchas veces dormidas. Despiértalas y habítalas. Y entonces pregúntate.

Pregúntate qué necesitas. Qué quieres realmente. Cuestiónate si esta es la vida que quieres encarnar. Y desde aquí sigue parando, respirando, observando, mirándote… porque una vez que la consciencia se abre y se le deja un espacio, ya no hay vuelta atrás. Los cambios vienen solos. La vida te vive y tú la vives a ella.

A veces la gente no quiere escuchar la verdad porque no quiere que sus ilusiones se vean destruidas”. Friedrich Nietzche.

Photo Credit: Tranqulidad via Shutterstock

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Sarah Gaset
Psicóloga licenciada en la Universitat Autònoma de Barcelona y Terapeuta Gestalt. Titulada en Homeopatía y otras líneas humanistas. www.sarahgaset.com
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